Esta historia es parte de un paquete conmemorativo en honor a Selena, la Reina de la Música Tejana. Read the story in English here.

En los días que siguieron a la muerte de mi abuelito en 2019, me puse a buscar fotografías viejas en su casa. Mi familia estaba armando un video de fotografías para ponerlo durante su funeral y yo quería encontrar fotos que le recordaran a los asistentes la maravillosa vida que mi abuelito había vivido: fotos de él posando con leones e hipopótamos a los que había cuidado en el zoológico de San Antonio, entrenando ponis de polo en Tennessee y relajándose en la casa de sus padres en México.  

En un ropero viejo de la casa, me encontré con un desgastado libro con forro de cuero lleno de fotografías, unas cuantas de ellas cayeron al suelo cuando lo abrí, el adhesivo tenía mucho tiempo de haberse secado. Me puse a ver las imágenes de los dos perros de la familia, Chaquira y Spudsie, que murieron hace mucho tiempo, y mis primos montando a caballo en el rancho de mi abuelito.

Y luego, hacia el final del álbum, me encontré con unos recortes de la revista People y del diario San Antonio Express-News, todos acerca de Selena, y todos fechados en los días y las semanas después de su muerte. En prácticamente cada imagen ella sostenía un micrófono en la mano y su deslumbrante sonrisa iluminaba cada página. “Cientos de fanes lloran a Selena,” decía uno de los encabezados. “El potencial de la artista de música tejana se queda sin cumplir,” decía otro. 

Ahogándome en las olas de duelo por la muerte de mi abuelito, estaba desesperada por encontrar una distracción. Así que me senté en la mesa de la cocina y leí cuidadosamente esos reportajes. Reconocí el duelo en los rostros de los jóvenes admiradores llorando junto a la cerca de alambre que rodeaba la casa de Selena en Corpus Christi y que se aferraban a la banca de mármol negro junto a su tumba. 

Al estudiar estas imágenes de duelo me sentí extrañamente reconfortada. La muerte de mi abuelito fue una pérdida tan profunda que no estaba segura de si alguna vez me recuperaría. Pero aquellos reportajes olvidados, por más de dos décadas, me dejaron claro que hay vida después de la muerte y que hay poder en el recuerdo. Y como lo había sentido mil veces más, Selena me había encontrado justo cuando la necesitaba. 

En las familias mexicanas, los muertos nunca mueren. Mucho después de que nuestros amigos y seres queridos mueren, los traemos de regreso a la vida al contar historias, al transformar sus vidas en folclor y al construir altares en su memoria para que sus espíritus puedan quedarse con nosotros.

Yo nací en 1996, un año después de la muerte de Selena y un año después de que inició su santidad. No recuerdo quién fue el primero que me habló de ella ni cuándo fue la primera vez que escuché su música, pero se sentía como si ella estuviera siempre ahí, como música de fondo mientras mis familiares y yo caminábamos en los pasillos del supermercado Handy Andy y durante los paseos con mis tías y tíos. Por unos cuantos años, no tenía idea de dónde era ella o qué le había pasado. Simplemente sentía que la conocía. 

Selena, in a white button-down, in San Antonio, on April 24, 1994.
Selena actuando en San Antonio el 24 de abril del 1994. Sung Park/Austin American-Statesman/USA Today Network

Hay una escena en el documental de Lourdes Portillo de 1999 Corpus: A Home Movie for Selena (“Corpus: una película para Selena”), en la que ella se enfoca en un grupo de chicas que estudian en la Academia Tejana de Bellas Artes en Corpus Christi. Una estudiante viste una camiseta corta y luce un peinado de chongo en la nuca y labial rojo asemejándose a una versión miniatura de Selena. Alrededor de ella, cerca de una docena de latinas de cabello largo y oscuro toman turnos para subir al escenario y cantar en inglés y en español al tiempo que bailan alrededor del salón. En ocasiones, fijan los ojos en el lente de Portillo, tratando con confianza de alcanzar cada nota con la misma pasión y poder que le dieron fama a Selena. La escena se filmó alrededor de 1998, apenas tres años después de la muerte de la artista. Al verla hoy en día, es impresionante lo poco que ha cambiado todo. Portillo todavía no encuentra una celebridad que llegue a los latinos de la misma manera. “Ha habido otras cantantes y artistas latinas, pero nadie con la magnitud y carisma que ella tenía,” me dice Portillo. “Tenía una ternura que hacía que las niñas se vieran reflejadas en ella. Veían la posibilidad de ser Selena”.

En la escuela primaria Las Palmas, en el lado oeste de San Antonio, mis compañeras de clase y yo a menudo intercambiábamos rumores e historias sobre Selena, armando el rompecabezas de lo que le había pasado a través de conversaciones susurradas o que alcanzábamos a escuchar en nuestras casas sobre su violenta muerte. Para el cuarto año de primaria, ya sabíamos lo básico: Selena era una luz brillante, un talento único—y era una de nosotras. Era la niña del barrio, del sur de Texas, donde ella y sus hermanos habían formado una banda musical. Ella cantaba en inglés y en español, y bailaba alrededor del escenario vestida con maravillosa ropa con destellos. Era la Madonna mexicana; era La Reina; estaba al borde de lograr cosas que ninguna otra cantante méxico-estadounidense habría logrado jamás. Y luego fue asesinada, arrebatada de las personas que la amaban a mano de una de sus admiradoras más cercanas.  

Su ascenso no ocurrió en un vacío. A lo largo de la década de los noventa y a principios del nuevo milenio, un incremento en la inmigración ilegal motivó olas de un sentimiento antilatino y de leyes antiinmigrantes en todo el país. Esas actitudes sirvieron como imagen de fondo durante el salto a la fama de Selena y amplificaron el duelo que siguió a su pérdida. En su libro de 2009, Selenidad: Selena, Latinos, and the Performance of Memory (“Selenidad: Selena, latinos y la presentación del recuerdo”), la crítica cultural Deborah Paredez, originaria de San Antonio, explora el impacto de Selena sobre las comunidades latinas. “Incluso mientras los latinos lloraban su tragedia, ella representaba la posibilidad,” indica Paredez. “La esperanza de que tal vez las cosas mejorarían para los latinos.”

Pero en el sexto grado de primaria, mi familia se mudó a Fair Oaks Ranch, en las afueras de San Antonio, y aprendí que la conexión que yo había sentido con Selena no era universal. Pasé de una ciudad de mayoría hispana, a un suburbio en el que los residentes hispanos conformaban poco más del 10 por ciento de la población. Desde el primer día de escuela, me hicieron ampliamente consciente de mi origen étnico. Los maestros y los estudiantes batallaban para pronunciar mi apellido. La normalidad de mi familia de pronto parecía anormal: mientras que mis compañeros de clase tal vez visitaban a algunos de sus familiares durante las vacaciones de verano, mi familia “inmediata” consistía en más de veinte personas: tías, tíos, y primos, todos viviendo dentro de un radio de menos de treinta millas, y nos reuníamos cada fin de semana. Y estaba segura de que los mejores platillos de mi abuelito (especialmente su menudo) hubieran sido suficientes para aterrar a la mayoría de mis compañeros. Me sentía perdida. 

Alrededor de ese tiempo, YouTube estaba cobrando popularidad. Por primera vez, pude observar en línea compilaciones de las legendarias presentaciones de Selena, en cualquier momento que quisiera, y podía ver y escuchar videos de sus boberías tras bambalinas y entrevistas en programas de televisión. En un fragmento capturado entre las tomas del video “No me queda más,” coquetamente presenta al director Sean Roberts. “Él no se ha enterado de que yo soy la que manda,” dice con una sonrisa, explicando que la producción tuvo que detenerse temporalmente para buscar una de sus adoradas rosas blancas, un ejemplo de cómo cada pequeño detalle tenía que estar a la par de sus ideas. 

En otro video de su presentación en 1995 de “Baila esta cumbia” en el Rodeo de Houston, su baile es imparable. Hace un amplio uso de sus caderas, girando para un lado y para el otro bajo las luces del escenario al mismo tiempo que realiza movimientos inspirados en el flamenco con sus manos. Me enamoré de la forma en que se movía, muy consciente de mi propia torpeza y envidiosa del control que ella tenía sobre su cuerpo. Y cuando la escuché hablar, sonaba como una de mis amigas de San Antonio. 

Selena fue mi balsa salvavidas durante mi exilio en los suburbios. Me aferraba a ella para apoyarme cuando sentía que estaba perdiendo el contacto conmigo misma. Pasaba seis días a la semana en Fair Oaks Ranch, donde aprendí las letras de las canciones de Taylor Swift y Paramore, y me involucré en profundidad en el drama entre Nick Jonas, Miley Cyrus, y Selena Gómez. Pero los domingos, regresaba al lado oeste de San Antonio, donde mis tías y tíos se burlaban cariñosamente de mí y me decían que se me estaba olvidando el español. 

Durante mi primer año en la preparatoria, cuando me inscribí en español avanzado, algo cambió. Finalmente, conocí amigos que no necesitaban mi ayuda para conjugar verbos, que conocían toda la discografía de Selena y me presentaron canciones de ella que nunca había escuchado. En un descanso, nuestra maestra nos dejó ir a caminar afuera y escuché por primera vez “El chico del apartamento 512,” y “Tus desprecios,” tratando de formar las palabras con mi boca tan rápidamente como lo hacía Selena. 

A sus aficionados, Selena tiene una manera de hacernos sentir vistos, pero al mismo tiempo sentir que estamos completamente fuera de nuestro elemento, que queremos adivinar cómo podemos convertirnos en ella. Selena se convirtió en mi maestra. Practiqué sus canciones en salas de coro, aprendiendo nuevas palabras en español. Particularmente me cautivó su presentación en Fiesta Broadway en 1992, donde demostró cuánto había logrado dominar los movimientos de pies de Janet Jackson y Paula Abdul. Pasé meses tratando de imitar sus movimientos, bailes que nunca hubiera pedido a nadie que me enseñara. Ocasionalmente, compartí sus canciones con mis amigos que no son latinos, convencida de que esto iba a abrir un mundo completamente nuevo para ellos, solo para que al final me dijeran que no lo entendían. 

Cuando me fui a la universidad a Austin y estuve lejos de mi familia por la primera vez, la voz de Selena fue nuevamente una guía presente que me impulsaba a intentar nuevos estilos: a usar labial rojo, a ponerme arracadas, a buscar atención y a no tener miedo cuando alguien se fijaba en mí. La ciudad capital de Texas tenía más latinos que Fair Oaks Ranch, pero no era San Antonio. Durante mis primeros años allí, me subía a mi carro y manejaba alrededor de la ciudad, escuchando los grandes éxitos de Selena a todo volumen mientras recorría las zonas este y sur de Austin buscando panaderías y fruterías. Con cada trayecto, la ciudad se sentía cada vez más como mi hogar. 

Selena in her tour bus prior to a show in Grand Prairie in December 1988.
Selena sentada en el piso de su camión antes de un concierto en Grand Prairie en diciembre del 1988. Ramón Hernández Tejano Music Collection/Courtesy of the Wittliff Collections

En ese cuaderno con forro de cuero en la casa de mi abuelito, encontré una página doblada de la edición del domingo, 2 de abril de 1995 del Express-News. Conforme la despegué cuidadosamente, un encabezado llamó mi atención: “Los vecinos vieron un modelo a seguir en una niña de Molina.” El poder de Selena venía del hecho de que era una persona real. Todo su talento sobrehumano estaba contenido dentro de un ser humano. Practicaba, trabajaba y se frustraba con las decisiones de las disqueras y el retraso de su disco en inglés. 

En los días que siguieron a su muerte, mientras los reporteros trabajaban en las calles de clase trabajadora de Molina, empezaron a entender por qué había filas de carros que habían manejado por horas para dejar un recuerdo afuera de la casa de Selena. Su estrellato había subido por años, pero ella permaneció en su vecindario, reclutando niños para que le ayudaran con el trabajo del jardín o para buscar a su perro cuando se escapaba. Entre sus trabajos, hizo presentaciones en escuelas locales, motivando a que los admiradores jóvenes se mantuvieran enfocados en sus estudios. “Ella seguía siendo una niña de Molina,” dijo el director de la preparatoria de Corpus Christi, Danny Noyola, “alguien a quien no se le olvidó de dónde venía.” 

Cuando yo era niña, la edad de 23 años parecía la adultez completa. Imaginaba que era la edad cuando alguien se casa y, tal vez, empieza una familia. La muerte de Selena a sus 23 años fue devastadora, pero estaba segura de que ella había probado la libertad, una breve oportunidad de vivir antes de que su vida fuera interrumpida. 

Ahora que tengo 24 años, Selena a sus 23 parece increíblemente joven. Demasiado joven para tener la presión del estrellato internacional sobre sus hombros, demasiado joven para pensar en lo que tenía que renunciar para lograrlo, demasiado joven para convertirse en mártir. 

Sin embargo, se convirtió en mártir, o en cualquier otra imagen de reverencia que queramos ponerle: una santa, una reina, un símbolo, un modelo a seguir. Creciendo, como lo hacía, después de su muerte, solo la he conocido como un ícono, como algo más grande que ella misma. Eso es entendible, dado que murió tan temprano en su carrera y con tanta historia sin concluir; no es de sorprender que aquellos de nosotros que somos sus devotos llenemos esos vacíos con nuestra adoración. 

Pero el problema con la santidad es que ha hecho que la verdadera Selena sea menos tangible. A principios de los noventa, Selena estaba haciendo algo radical. Ella no sacrificó las partes imperfectas o menos comercializables de sí misma para subir en los rangos; las puso completamente a la vista de todo el mundo. Abrazó de lleno su herencia hispana en un momento en el que los latinos estaban bajo presión para que se integraran. No le escondió a sus admiradores del otro lado de la frontera el hecho de que su español estaba lejos de ser perfecto. Diseñó vestuarios que mostraban sus curvas y que desafiaban a los estándares convencionales de belleza. 

El año pasado, cuando Selena: The Series (“Selena: La Serie”) debutó en Netflix, sus admiradores expresaron su enorme disgusto ante la imagen de una joven mujer tímida que callaba mientras su hermano, A. B., y su padre, Abraham, tomaban decisiones por ella. Eso iba en contra de lo que muchas latinas amaban de Selena. Ella no era solo una cantante o un ícono de la moda; era una mujer emprendedora, abriéndose camino en una cultura que era (y sigue siendo) dominada por hombres. En ese sentido, tal vez era una santa, porque los santos normalmente no son pasivos ni pacíficos. Son feroces hasta la médula.

Mientras que la mayoría de nosotros reconoce la tenacidad de Selena, ese halo sobre su cabeza la ha convertido en la infalible figura que nunca pretendió ser. Para realmente entender lo que se perdió con la muerte de Selena, nuevas generaciones de admiradores necesitan verla como una persona, no como un mito. 

Selena nos dejó cuando todavía estaba inventándose a sí misma, cuando no había cometido ningún error grave. Ella estará congelada para siempre en ámbar en el precipicio del súper-estrellato, raramente fallando en cualquier cosa, si es que alguna vez ocurrió. 

Pero si vamos a honrar a Selena, la verdadera Selena, y a encontrar una forma de llevarla con nosotros mientras seguimos con nuestras propias vidas, entonces necesitamos imaginar lo que pudo haber hecho si hubiera tenido una vida completa. Esa también es una forma de asegurar que los muertos no mueran jamás. Sin duda hubiera llegado a nuevas alturas. Tal vez se hubiera convertido en una actriz o en una súper personalidad en el mundo internacional de la moda; tal vez se hubiera presentado en un espectáculo de medio tiempo en el Super Bowl. En un esfuerzo por obtener relevancia a finales de su carrera, tal vez, también hubiera lanzado un álbum de música trap. O hubiera grabado un dueto con Adam Levine. O hubiera aparecido en el video “Imagine” de Gal Gadot. Debido a que era un ser humano, inevitablemente hubiera cometido errores. Y eso nos hubiera obligado a entrar en una relación más complicada con ella. 

En este sentido, me acuerdo de mi abuelito. A pesar de que veo en él muchas de las mismas cosas que veo en Selena, determinación que supera todo obstáculo, inquebrantable lealtad hacia su familia, y orgullo por sus raíces en ambos lados de la frontera, él también era completamente distinto a ella. Él vivió hasta sus 89 años, y cuando pienso en él no es solo sobre sus heroicos años de juventud sobre los cuales escuché tantas historias, sino también sobre las décadas que siguieron, los años de los cuales fui testigo. Lo vi vivir el duelo y la fragilidad. Lo vi cuando su temperamento explotaba. Vi a su orgullo ensombrecer su buen juicio. Así como lo amé, también sé que en ocasiones decepcionó a sus seres amados.

Selena nunca tuvo la oportunidad de decepcionarnos. Pero si hubiera vivido lo suficiente, seguro lo habría hecho. Y habríamos tenido que luchar para amarla. Lo cual es un tipo de amor diferente y, tal vez, uno mejor.

Este artículo apareció originalmente en la publicación de abril de 2021 del Texas Monthly con el encabezado “Selena, role model.” Fue traducido al español para esta edición digital por Elena Vega. Suscríbete hoy.